No todos los héroes usan capa
Hace mucho
tiempo que quiero escribir públicamente lo que ya le dije a mi papá
directamente. Por fortuna, sigue vivo y pensé que tenía que aprovechar para
expresar lo que sentía, lo mucho que lo valoro y el agradecimiento profundo que
siento por tener la figura paterna que tengo.
Hoy, en su
cumpleaños, es un día propicio para ello. Para celebrar su vida en la distancia
que nos separa ahora y recordar el porqué ha sido un padre tan extraordinario.
Si pudiera
resumirlo, quizás lo más importante que hizo mi papá por mí es que fue la
primera persona que entendió mi curiosidad intelectual. En ese sentido, siempre
contestó todas las preguntas que le hice. Créanme que el total de esas
preguntas es un número enorme. Preguntas de todo tipo, a cualquier hora;
preguntas profundas, capciosas, preguntas que buscaban entender el mundo. Él,
que resolvía el crucigrama de la revista dominguera “Estampas”, del diario “El
Universal”, con una mano amarrada a la espalda, tenía una respuesta para todo,
siempre. Con el tiempo, incluso descubrí que se tomaba algunas licencias
personales con las cuales aderezaba las respuestas, simplemente comprendiendo
lo que yo necesitaba saber siendo solo un niño.
Vaya que esto me
hizo mucho bien. Era el mundo sin Internet ni celulares inteligentes. Había que
leer libros, visitar bibliotecas, hacer las tareas, ver programas educativos y
noticieros para estar informado y aprender. Con todo lo que yo quería saber
siempre, era un bálsamo tener a alguien que nunca se fastidió de una pregunta
mía y que siempre tenía respuestas que me dejaban satisfecho, cosa que no era
nada fácil. Pasábamos horas de carretera durante los viajes en una dinámica
donde yo interrogaba y él explicaba, mientras yo saciaba mi curiosidad infinita
por toda clase de temas.
Cuando fui
elegido para dar un pequeño discurso en el modesto acto de graduación de sexto
grado de mi escuela, le pregunté: “¿De qué puedo hablar?”. Con la facilidad
pasmosa con la que resuelve esos temas, y también con la certeza de que no
tenía que dictarme el discurso, me sugirió tres o cuatro puntos y listo, seguro
de que yo podía redactarlo solo. Esos pequeños gestos me retaban y empoderaban,
de tal modo que, lejos de sentirme acobardado, me sumergía gracias al
espaldarazo que me daba: te puedo guiar, pero tú puedes hacerlo por ti mismo.
Mi papá, además,
era la parte divertida del tándem que hacía con mi mamá. Era el de los paseos a
la playa, al parque; el que consentía y regañaba poco. Con los años entendí el
papel que mi mamá jugaba en esta puesta en escena, empeñada en que nosotros
tuviéramos una buena relación con nuestro padre, bajo la premisa de que el amor
de madre era incondicional, pero el del padre podía flaquear. Mi papá igual lo
hacía de muy buena gana. Aún recordamos, 40 años después, cómo agarraba a sus
tres hijos y a cinco primos más y nos hacía un tour playero donde podíamos
visitar cinco o más playas en un día, armado con una cava repleta de lo
necesario para un periplo de esas características y con la paciencia para
dirigir a casi diez niños durante la jornada.
Mi papá era el
que se presentaba en los actos, el que recogía la boleta de calificaciones, la
revisaba y firmaba; el que me llevaba al liceo. A pesar de su trabajo y
ocupaciones, hallaba el tiempo para estar en lo cotidiano y en lo importante.
Esa presencia constante, ese llegar a casa y conseguir a mi papá allí,
proveyendo sin descanso como cabeza de familia, es algo que, luego de escuchar
a muchos otros que no lo tuvieron, fui apreciando mejor y agradeciendo
profundamente; un privilegio que, aunque debería ser lo usual, no suele serlo.
Era, además, muy
prestigioso ser el hijo de mi papá, un tipo conocido y respetado en su
comunidad. Éramos “el hijo de León”, lo que automáticamente nos daba un aura de
protección y respeto. Luego, fuimos descubriendo que era un profesional
apreciado por su ética, método y papel fundamental en los procesos de obtención
de títulos de grado de una incontable cantidad de alumnos que lo aprecian y lo
recuerdan con entrañable cariño. Entonces pasábamos a ser “el hijo del profe” y
también era estupendo. Parece una tontería, pero intento decir que ser hijo de
mi papá era motivo de orgullo por el reconocimiento que siempre recibió con el
paso de los años en su desempeño profesional.
Por otro lado,
no hubo novia a la que no recibiera con los brazos abiertos. Debo decir (sin
orgullo alguno por el número) que fueron varias a las que acogió de buena gana,
cosa que también le agradezco mucho, porque resultaba ser el balance necesario
ante la cara cerrada de mi mamá. No hubo una a la que no tratara con cariño y
aprecio genuino, sin criticar ni entrometerse, fluyendo con la vida amorosa de
sus tres hijos varones.
Hay muchos
buenos recuerdos asociados y un balance más que positivo viendo por el retrovisor
lo vivido hasta el día de hoy. De niño, era lo más parecido al superhéroe capaz
de resolver infinidad de problemas y necesidades. Ya de adulto, pude verlo en
su dimensión humana y lo único que perdió fueron los superpoderes que el niño
le otorgaba; sin embargo, su figura solo se engrandeció cuando la mirada del
adulto midió la constancia de años y pudo ver no solo lo que hizo por mí, sino
por cada uno de mis hermanos y el acompañamiento que hizo a mi mamá en sus
últimos días.
Sin embargo, lo
más extraordinario lo hizo en mi momento más complejo: el papel que jugó en mi
embarazo adolescente. Con su enorme tino para decirme exactamente lo que
necesitaba oír, me calmó en el tránsito más oscuro y me ofreció una promesa que
cumplió a rajatabla y más: “Yo me encargo hasta que tú puedas, vas a estudiar”.
Un plan brillante y amoroso que solo esa combinación era capaz de concebir.
Darme la oportunidad de forjarme un mejor futuro para que yo pudiera atender a
mi hijo mejor, mientras él asumía la manutención de su nieto. Pasaron unos
cinco años hasta que pudimos recibir el testigo.
Lo que le
entregó a su nieto en su infancia, ya con la madurez, la experiencia y una
mejor solvencia económica desde su papel de abuelo en primera fila, fue
superlativo. Un jonrón con las bases llenas que terminó de sellar el eterno
agradecimiento que siempre le tendré. Por mi lado, me permitió estudiar,
obtener una carrera y poder navegar esos primeros años de Gustavito con foco,
soltura y sin aprietos. A su nieto le dio una infancia feliz, llena de viajes,
un carnet vitalicio de McDonald’s y buenos recuerdos dentro de un escenario de
mucho cariño y protección.
Ambos, mi papá y
mi mamá, se unieron para, una vez más, apoyar desde el amor y la firmeza a uno
de sus hijos en aprietos. Yo me quedo sin palabras para dimensionar lo que esto
significó para mí.
Gracias, papá.
Es difícil imaginarme uno mejor. Gracias por esas tardes de ver El Mundo
Salvaje de Lorne Greene, ese programa de animales en su hábitat natural.
Gracias por las tardes de El Zorro; nunca me gustó, pero lo importante era
estar junto a ti, compartiendo lo que a ti te gustaba. Gracias por ese pollo
asado espectacular que siempre nos dejaba con ganas de más. Gracias por
acompañarme en cada tobillo luxado que devino en inmovilización. Gracias por
tus contactos infinitos, que me permitieron inscribirme para iniciar mi carrera
universitaria. Gracias por cada pote de leche en polvo y Toddy que nosotros
comíamos crudos a hurtadillas. Gracias por el pan con ajo y aceite de oliva. Gracias
por llevarnos a Mata de Coco, junto con mamá, muchos domingos, a que bailáramos
al ritmo de las canciones de moda de la época. Gracias por las cinco
enciclopedias que había en la casa, esa pléyade de libros que había en esa
biblioteca enorme que tanto disfruté. Gracias por las noches de Stop bíblico,
que me retaron a estudiar y sumergirme para conseguir las palabras necesarias.
Hay mucho que agradecer, el espacio se queda corto.
Hoy extraño
mucho el podernos ver, como siempre fue, para compartir, picar la torta,
conversar, abrazarnos y ponernos al día.
Feliz
cumpleaños, papá. Échame la bendición una vez más. Te amo.
Gustavo León
#LaFelicidadEsPortatil
No hay comentarios:
Publicar un comentario