¡Bienvenidos!

Aquí he colocado algunos de mis escritos y reflexiones. Les invito a dejar sus impresiones y les agradezco enormemente el tiempo que se toman al pasar por aquí.

jueves, 26 de mayo de 2022

Mi mamá contestó …

 



Si. Consiguió la manera de contestar. Consiguió la manera de enviarme un mensaje. Es la historia que me estoy contando y al final, les pondré lo que me dijo. Antes, algo de contexto.

En primer lugar, no me esperaba que eso que escribí lo leyera tanta gente. Les confieso que lo escribí para mí y me pareció que era demasiado largo para la época en la que estamos viviendo, de tal modo que lo colgué en Facebook y en un par de sitios más, solo para que estuviera en la red y conservarlo allí.

Yo este año decidí retomar esa pasión que tengo por escribir y me prometí que no lo iba a volver a soltar. Ese escrito era algo que tenía años, si, años, dando vueltas en mi cabeza y finalmente lo materialicé. Entonces quería decirles a todos: muchas gracias. Por pasar, por leer, por comentar, por sentirse identificados, por aceptar el llamado a reflexionar, por ser, por estar, por cada comentario lindo y por cada recuerdo. Infinitas gracias.

Entre tantos comentarios tan hermosos, me contestó una amiga Trainer de CRP, como yo, que además se graduó en la misma promoción y en el mismo grupo donde yo participé. CRP tiene tres resultados posibles de esa evaluación y una mención especial, a quienes se destacaron en su cónclave. Yo no sabía de eso, sin embargo me enteré justo días antes de ir a la certificación y me puse como meta principal ser el destacado de mi grupo.

El resto estaba preocupado de si iba a pasar, de qué nota iba a obtener, de si se pondría nervioso y cosas por el estilo. Yo no pasé por allí porque no tengo esos desafíos (tengo otros). Confiaba en que yo podía expresar a cabalidad lo concerniente a CRP y sus principios puesto que están basados en teorías que yo tengo  mucho rato manoseando, además que tengo plena confianza de mis capacidades para comunicar. Logré mi objetivo sin mayores apuros y Rosse, que así se llama, fue la otra aspirante a Trainer que obtuvo la mención especial.

De tal modo que tenemos ese lazo adicional y ella es una consecuente lectora de cuanta cosa escribo y siempre me ha prodigado palabras de elogio que atesoro muy hondo porque siempre me motivan a seguir escribiendo. Cuando lean lo que me escribió, notarán además que Rosse tiene otras habilidades, pudo leer  entrelíneas, tanto de lo que soy y fui, como lo que fue mi mamá y la relación que tuvimos. Lo hizo con tal tino que me enmudecí y dejé por día y medio de revisar el Facebook. Me conmovió, me sorprendió y me dejó pensando en la sincronicidad, en la posibilidad de que mi mamá anduviera por allí, en la sensibilidad de Rosse como madre, en lo mucho que disfruté leer eso y sobre todo, en lo mucho que lo necesitaba, sin saberlo.

Muy poca gente logra verme las costuras. Como dice Rosse, doy una sensación de no necesitar nada. No es cierto. No lo tengo todo resuelto, sin embargo, puertas afuera, pareciera que sí. Recuerdo una anécdota con mi prima Claudy. Siendo ya unos adultos jóvenes, viviendo cada quien de manera independiente, nos reunimos en su casa. No recuerdo el motivo. No lo necesitábamos. Como nos ha pasado a muchos, en medio de la reunión se nos acabó el alcohol y estábamos convencidos que sin eso no podíamos seguir (no es cierto, pero uno lo cree firmemente). Resolvimos entonces salir a buscar más en la licorería cercana, que nos quedaba en La Vega. Era ya algo tarde y no era un sitio muy seguro.

Salimos, compramos y nos devolvimos exitosamente. Mi prima, que como pocas me conoce bastante bien, llegó contando la anécdota y decía: “éste se bajó con su cara Nro. 55 de <<aquí no está pasando nada>>, pero yo sé que estaba cagado”. Claro que lo estaba, no me gustaba mucho ese plan de compra de emergencia, sin embargo, logré poner por encima la confianza y la mente positiva lo suficiente como para que ambas cosas intentaran convivir y lo que se viera en la superficie fuera una cara lo más neutra posible.

Justo el año que me hice Trainer de CRP hice otra formación que se llama Money Coaching. Pronto me verán hablar más de eso porque me estoy preparando como facilitador. En ella se remueven los recuerdos y tu historia porque es hasta los siete años que se echan las bases de la mente subconsciente. Justo allí me di cuenta que yo en mi estilo y mi mamá en el suyo, no pudimos en esos primeros años míos compaginar lo que yo quería de ella y lo que ella tenía para dar.

Ya se los dije, yo no era precisamente tradicional. ¿Recuerdan a los siempre constantes Testigos de Jehová que tocaban a la puerta para hablarte de Dios? Yo los hacía pasar. Tenía 12 años y los sentaba en la sala de mi casa con el único objetivo de debatir con ellos y hacerles ver, Biblia y demás pruebas en mano, que estaban equivocados. No tocaron más la puerta luego de varias visitas traumáticas al 13-05 del Bloque 53 de Los Jardines de El Valle. Siempre fantaseo con la idea de que se giraban instrucciones precisas a los evangelizadores para que ni por error tocaran esa puerta del gordito sabelotodo. Ese que como pasatiempo hacía biografías de personajes famosos. Así mataba mi aburrimiento. Tomaba las cinco enciclopedias que mi papá nos había comprado y me leía una a una lo que cada una decía del personaje de mi elección y luego me sentaba a escribir una especie de compilado de lo que había leído. Lo hacía por diversión, no era ninguna asignación académica.

Por eso es que Rosse dio en el blanco. No sabe de estas y otras anécdotas y sin embargo me midió como solo un sastre lo puede hacer y luego interpretó el desafío que para mi mamá significó lidiar con semejante niñito. Yo no necesitaba que me dijera que hacer en cuanto a deberes escolares u hogareños, solo quería un abrazo, muchas caricias y quizás sus historias. Que se aprovechara de que yo estaba oyendo a José José y a José Luís Rodríguez por ella y habláramos de eso. Que me enseñara más trucos de la cocina, toda vez que fui el único que mostré interés en cocinar. En fin, era un formato diferente que ella no podía descifrar con facilidad y que yo no ponía fácil empeñado en hacer preguntas complicadas donde no iba a conseguir las respuestas elaboradas que solo mi papá se inventaba.

Cuando leí lo que Rosse escribió, lo primero que vino a mi mente fue ese día en que mis padres me invitaron a casa de un buen amigo que tenían donde se celebraba algo e iban a poner un karaoke. Ya no vivía con ellos así que creo que nos conseguimos allá o nos fuimos en caravana, no importa tanto. En el sitio, mi mamá estaba en la cocina hablando con alguien y yo o iba de paso hacia el baño o a la cocina a recargar el trago y ocurrió lo que nunca me dijo directamente a mí:

“Deja que oigas a mi hijo, que ese sí que canta bien bueno y bien bonito”. Yo me caí para atrás como Condorito: ¡Plop! No lo podía creer. Yo tantos años cantando y mi mamá nunca me había dicho nada. Ese momento es un tesoro para mí y Rosse me llevó hasta allá, básicamente porque mucha gente debe haber oído de nosotros, de las cosas buenas que mi mamá tenía que decir acerca de sus hijos, pero pocas veces lo compartió con su camada de leoncitos. Por eso me trago mi propia historia de que mi mamá usó a Rosse como instrumento, para decir justo eso que era difícil decirme, por ella y por mí. Estoy seguro que ella también quiso más tiempo para podernos decir mucho de lo  que calló por distintos motivos.

Gracias Rosse Marie Crucich, no tienes idea de lo que me regalaste.

Esto fue lo que Rosse me puso:

 

Mi querido amigo, sabes que me encanta leerte. Te leí desde el hijo pero te voy a escribir desde la madre, pensando en lo que ella te respondería si pudiese leerte: “Amado hijo, tú me elegiste pero no ha sido fácil ser tu mamá. Mírate TU tan analítico, tan observador, tan sensible, tan inteligente, tan independiente, tan suficiente…Tu alma llega a esta experiencia con una memoria y una evolución que no me deja espacio para guiarte, para enseñarte, para acompañarte, a veces siento que no me necesitas, y que viniste a enseñarme…Te amo muchísimo, pero por momentos siento que vas mucho más allá del lugar hasta donde puedo llegar, y cuando peleamos es porque no me queda otra que hacer valer mis puntos de vista que difieren de los tuyos pero que son válidos porque son míos y porque soy tu madre. Eres el hijo que toda madre desearía tener y no solo te amo con todo mi corazón (aunque no sepa cómo expresarlo), además te admiro inmensamente y siento un indescriptible orgullo de su ser tu mamá“.


domingo, 8 de mayo de 2022

Mi relación con Gerónima

 


Mi relación con Gerónima

 

No le gustaba para nada su nombre. No conforme con el Gerónima, mi abuela le agregó Del Valle, lo cual configuraba para ella una combinación poco agradable, a mí tampoco me gustaba, sin embargo poco importaba porque yo siempre la llamé Mamá.

Sus hermanas, hermanos y demás familiares cercanos la llamaban cariñosamente “La Negra”. En otros predios era conocida como Nima, diminutivo de su nombre que ingeniosamente usaba en sustitución de éste.

En mis recuerdos de temprana infancia, recuerdo algunas de nuestras primeras fricciones. Yo era el clásico niño que preguntaba cosas peculiares y mi mamá pocas veces atinaba a darme una respuesta satisfactoria, según mi juicio. Todavía es difícil convencerme con cualquier cosa o argumentos vacíos. Tontamente pensaba que tenía alguna preferencia especial hacia mis hermanos y como guinda de ese “pastel”, la poca frecuencia de cariños o mimos me hacía pensar que no me quería lo suficiente.

Con la llegada temprana de mi hijo entendí un montón de cosas que hasta ese momento me eran ajenas, lo he dicho infinidad de veces. Cuando uno tiene un hijo y se ocupa de él, los cuidados que uno ha recibido siendo infante cobran una dimensión enorme, es como una luz que clarifica todo. Si tuviste alguien que te atendiera mientras dependías enteramente de esos adultos, créeme, fuiste un niño querido. Poner un plato de comida en la mesa tres veces al día, cambiar pañales, velar el sueño, llevarte al médico, atender tus resfriados, revisar tus tareas, comprar tu ropa y tus útiles escolares y ese largo etcétera que puede seguir; son acciones que ponen de manifiesto que en efecto, te amaban  y mucho.

Por fortuna, atender muy de cerca a mi hijo recién nacido me permitió cambiar por completo la imagen que tenía de mi mamá. Luego de unos pocos meses, llegué a la conclusión de que a la madre (y al padre presente y responsable), no se le podía siquiera alzar la voz, puesto que es tal el tiempo, esmero, cariño y atenciones que hay que tener para con los niños pequeños, que no hay manera de pagar o retribuir eso una vez que uno crece. No lo puedes equiparar con nada.

Luego empecé a entender que mi mamá no era de dar muchos besos y abrazos, no era de decir todos los días te quiero o te amo y que además, se había autoimpuesto un papel de “rudeza” para contener todo lo que pudo, a tres hijos varones. En consecuencia, lo que yo en un principio percibí como falta de afecto, no era sino un poco su personalidad innata y otro poco de un papel que interpretaba para no perder el control y  las riendas del hogar.


Con mi papá


La última reflexión al respecto la entendí cuando logré ver lo que pasa con los hijos que demandan más atención. Les explico: yo siempre he sido muy independiente, me gusta hacer mis deberes esenciales y de hecho, si alguien intenta adularme con muchos cuidados termina asfixiándome. Incluso, no doy mucho espacio para ello puesto que generalmente tengo todo en orden y no hace falta mucha intervención externa. De niño, era al que no había que decirle que se levantara, que se cepillara los dientes o que hiciera su tarea. Mientras más crecía, más responsabilidades tomaba: aprendí a elaborar algunos platos alrededor de los 12 años, lavaba y planchaba mi ropa alrededor de los 14 y nunca hubo que supervisar muy de cerca mis deberes académicos. En contraparte, mis hermanos, cada quien con su edad y su estilo, terminaban acaparando toda la atención porque había que chequearlos más a menudo, toda vez que tenían mayor tendencia a dejar algunos de sus deberes sin hacer.

Es cierto que es una suerte de atención en “negativo”, porque realmente no es que mi mamá les estaba dedicando tiempo para hablar, conversar o recrearse con ellos; era más bien una suerte de persecución donde mi mamá hacía de policía fiscalizador, que estaba pendiente de que el check list diario de tareas y deberes se cumpliera lo mejor posible. En ese cuadro, cuando cada tanto volteaba a mirar hacia donde estaba yo, a mí no tenía nada que decirme acerca de “tener” que hacer algo y elegía no decir nada, por lo que les dije de su personalidad sumado (creo yo) al cansancio y humor que el resto del cuadro le provocaba.

Todo esto claramente es desde mi óptica y de mi lado de la acera. Ojalá estuviera aquí para poder explicarme algunas cosas al respecto. No porque me haga falta saberlo, sino porque disfrutaría poder conversarlo y poderla oír, ya liberada de la tan ardua tarea de criar hijos y con el desparpajo y sinceridad que vienen con la vejez, donde a veces te liberas de algunos miedos y prejuicios, por la propia experiencia o por la cercanía del fin.

A esta percepción de lo que ocurría en casa le agregué que, a fin de cuentas, claro que siempre hay un hijo (cuando tienes varios) con el que puedes tener más afinidad. A veces se da por el género, otras veces por los gustos en común y otras tantas simplemente por compatibilidad. Esto nunca significa que haya más “amor” para ese hermano(a), es simplemente que con ese se la lleva mejor. Es natural y no tiene por qué afectarte. No todos lo entienden y muchos de nosotros lo entendemos al cabo de  muchos años. Cuando llevé esta consideración a mi propio caso, obviamente no había una gran compatibilidad entre mi mamá y yo, aunque, paradójicamente, nos parecíamos mucho en algunos rasgos de personalidad. Yo recuerdo con jocosidad, como ya siendo un adulto joven de más de 25 años, viviendo independiente y con un hijo de 8 años; que mi mamá solo atinaba a decir: “Cuando estés grande me entenderás”, en los momentos donde no lograba convencerme de algún punto de vista. Yo me sonreía porque me parecía una ocurrencia y le decía: “Mamá, mido 1,83 m, peso más de 100 kilos, voy rumbo a los 30 años, me casé, tuve un hijo, ya no vivo en tu casa, soy graduado universitario, creo que ya estoy grande”. Luego lo dejaba así porque después de que mi hijo nació, yo tuve la menor cantidad de disputas con mi mamá que pude tener. Decidí que no tenía que discutirle nada.

Se los cuento porque eso nos pasaba mucho: no estábamos de acuerdo. Sin embargo, ya en esos momentos, yo dejaba que ella me dijera cualquier cosa sin chistarle y ya había entendido plenamente que ella y yo teníamos visiones diferentes del mundo y de la vida y que en realidad, no tenían que ser idénticas. Por fortuna, en cuanto yo dejé de refutar lo que decía, nuestra relación mejoró notablemente y me permitió ver a esa “Nima” que mucha gente veía.

Como nuestras visiones eran diferentes, yo no comprendía como había un ingente número de personas  a quienes les encantaba hablar con mi mamá. La buscaban, la llamaban, pasaban tiempo con ella y les encantaba contarle sus secretos, intimidades o problemas, en búsqueda de su consejo. Mi mamá tenía muchos amigos y generalmente establecía lazos cercanos a su paso por cualquier lugar. Tenía inclusive interlocutores con los cuales lograba tener charlas legendarias de horas y horas.


Con mi tía Carmen


Mientras yo ganaba años y madurez y mientras ella ganaba lo mismo por su lado, nuestra relación fue mejorando. Ayudó mucho que yo cerrara la boca y escuchara lo que tenía que decir. Cuando realmente estaba en el modo correcto de atención, encontraba verdaderos tesoros en medio de un montón de cosas con las que yo no estaba de acuerdo. Eso “pagaba la entrada” de la charla, hacía que valiera la pena. Una vez que enfermó, nos pudimos acercar aún más. Se apoyó en mí para suplir algunas de sus funciones y eso me permitió ver el entramado que manejó por tantos años.

En el funeral de mi mamá, fue impresionante la cantidad de gente que pasó a apoyarnos. Noté 3 cosas: la cantidad de gente que la apreciaba a ella sinceramente. Era un montón. Luego noté la cantidad de gente que apreciaba a mi papá, sin necesidad de tener una relación estrecha con ella estaban allí por él. Finalmente la cantidad de gente que me quería a mí. Decenas de amigos y allegados se hicieron presentes para darme un espaldarazo. Nunca se los pude agradecer en su justa dimensión. Fue una demostración monumental de apoyo y cariño para los deudos que estábamos allí. Siempre cuento que en un momento, pasé más de una hora sin moverme del mismo punto, saludando y recibiendo a la inmensa mayoría de gente que hizo acto de presencia. Fue impresionante, uno tras otro, sin darme chance a más nada. Gracias a todos.

Yo no extraño a mi mamá como se podría suponer porque nunca construimos rutinas de salir o compartir algo en particular con esmerada consistencia. Yo extraño lo que su presencia garantizaba: que los hermanos se reunieran, pasar el 24 de diciembre juntos o comer mi torta de cumpleaños hecha por sus manos. Extraño el amor que le prodigó a mi hijo, el nieto que más disfrutó. Y sobre todo pienso en lo que pudo ser. En lo que ahora a mi edad pienso y comprendo. En lo que me hubiera gustado oír de nuevo sus puntos de vista y en lo más dispuesto que yo estuviera hoy de oír con aún mayor atención las gotas de sabiduría que tenía para entregar. En que no me vio cantar un Aria y ganar con él un concurso de talento, el no ver a su nieto graduarse de bachiller o no conocer a sus últimos dos nietos, por decir algunas de las cosas que han pasado en estos ya casi 15 años.

Mamá, gracias por todo lo invisible, lo imperceptible, lo que se notaba poco. Gracias por cada arepa, cada pan caliente hecho por ti, cada pasticho de berenjena, cada jugo de guayaba con parchita, cada piso de granito excelsamente pulido, cada salsa legendaria de carne molida. Gracias por cada camisa que me regalaste, nadie como tú para comprarme la ropa que me servía con este cuerpito tropical enorme. Gracias por la herencia en costumbres. Gracias hasta por las manías que copié. Todo ese hogar que recuerdo, toda esa infancia feliz en mi mente no hubiera sido posible sin ti.

Me faltó algo de tiempo para apreciarte en tu justa dimensión, no hay culpa, hice lo mejor que pude con lo que tenía a mano. Te amo mamá, creo que te lo dije muy poquito. Feliz día de la madre.



viernes, 6 de mayo de 2022

El Punto Negro

 


El Punto Negro

 

Estoy seguro que muchos conocen el relato, no lo voy a contar de nuevo por aquí. Solo les resumo que se trata de esa historia donde un profesor hace una evaluación sorpresa y el examen es solo una hoja con un punto negro. Los estudiantes deben hablar de lo que ven.

Es un buen ejemplo de lo condicionados que estamos para poner nuestro foco justo en lo que no funciona o no nos gusta. Lo vemos ahora mismo en las redes sociales, cuando aparecen los llamados “haters”. Con frecuencia son solo un puñado, pero captan nuestra atención hasta que se vuelven más importantes que la mayoría de personas que han enviado mensajes que aportan, o que se han dirigido con cortesía y amabilidad a pesar de tener opiniones contrapuestas.

Lo he repetido varias veces, sin embargo, por ahora no parece sobrar la apreciación: hemos comprado la idea de que la sonrisa de un niño o el beso de tu mujer no son grandes eventos, pero en contraparte, magnificamos todo aquello que sea una noticia desagradable. Margarita Pasos repite aquello de “no le alquiles tu espacio sagrado” a todo eso que te perturba o te genera malestar. El espacio sagrado es la mente y el tiempo que pasamos o bien consumiendo contenido negativo o bien pensando en aquello que no anda como deseamos.




Por otro lado, Mario Alonso Puig comentaba hace algunos días la importancia del equilibrio emocional y de mirar con atención y agradecimiento aquello que sigue funcionando en mi vida, “es como encender una  luz en medio de la oscuridad”, porque todo lo que aún se encuentra en su sitio, no solo es la mayoría, sino que con mucha frecuencia es más importante y más valioso.

En el Círculo de Realización Personal tenemos una estrategia que me gusta mucho, la cual busca potenciar todo lo bueno que ya tenemos y que frecuentemente lo damos por sentado, de ese modo somos capaces de ver aquello que rodea al punto negro y evitamos poner en el foco justo en lo no nos favorece. En mi cuenta de Instagram @YoSoyGusiTrainer encontrarán lo necesario para contactarme e iniciar este sábado 7 de mayo una formación  donde aprenderán esta y otras sencillas estrategias que nos anclan al presente, a lo positivo y a lo que nos gusta. 

 

Gustavo León

#SerFelizEsGratis

@gleonv en Twitter

@YoSoyGusiTrainer en Instagram