Tonto, tonto, tonto
Por: Gustavo León
Me lo decía en medio de un llanto
cargado de impotencia. No podía entender mi posición y le parecía insólito que
esa fuera la resolución.
Yo tampoco entendía, desde mi lado de
la acera obviamente. En mi cabeza estaba tomando la mejor decisión.
De esta escena hace ya unos 15 años.
Ambos teníamos menos de 30 años y veníamos de transitar un par de años hermosos
y tormentosos a la vez.
Ella era tierna, dulce y romántica.
Muy de detalles. Un día, hizo una pancarta y sin miedo al ridículo estaba allí,
en frente de mi edificio, para mostrármela con sus propias manos. Era de ese
tipo de atrevimientos. Ambos nos prodigamos en regalos, cartas de amor,
notitas, peluches y demás yerbas aromáticas pertenecientes al acervo de la
cursilería mundial.
Sin embargo, ahí estábamos a gusto.
Ni antes ni después tuve algo a ese nivel, en ese terreno.
También era explosiva cuando se
disgustaba. De alzar la voz. De comentarios mordaces. También fue la novia más
celosa que he tenido, ninguna de sus sucesoras se le ha acercado a su merecidísimo
primer lugar en este rubro.
Era tal su determinación, que
“limpió” mi círculo de amigas. Porque es cierto, era muy celosa, pero con ella
descubrí que había un puñado de mis amigas que tenían una rara intención
subyacente de fastidiar mis relaciones. Al final no eran tan amigas como yo
pensaba.
Solo que como es de suponer, esta
“limpieza” resultó incómoda y solo con el tiempo pude ver efectivamente lo que
ocurría en una segunda capa que no era tan evidente para mí.
Cuando terminamos, las amigas y
familiares sobrevivientes de la “limpieza” (si, también podía celarme de
algunos miembros de la familia), me contaron historias entre asombrosas y
risibles, de como ella ejecutaba el exterminio de lo que no tenía buenas
intenciones.
Debo decir que yo no era esta versión
del 2022. Me costaba trazar líneas y límites y en medio de mi visión de ver
esta parte de la vida, podía hacer cosas que hubieran resultado incómodas para
la mayoría de las mujeres en papel de novia de alguien.
Intento hacer un punto de honor donde
si bien era cierto su alto nivel de celos, no es menos cierto que mi actitud,
número infinito de amigas y el grupo con intenciones turbias, terminaba de
configurar un cóctel que atizaba todo el asunto.
Todo este cuadro resultaba en conflictos,
discusiones, desencuentros y afines. Yo tengo toda la vida huyéndole a dos
cosas:
1.- Discusiones o peleas altisonantes
2.- Discusiones repetidas
Mi deseo es conversar con la mayor
altura, cordialidad y cortesía posible y luego solucionar, no volver a
disgustarme por el mismo asunto una y otra vez. En nuestro caso, ambas cosas que
menciono arriba eran constantes y era por eso (principalmente) que ese día yo
estaba terminando con ella.
Sin embargo, ella tenía razón: yo
estaba siendo un tonto, tonto, tonto.
No por terminar con ella. Es probable
que con el nivel de inmadurez mutuo no lo hubiéramos logrado a largo plazo.
Lo tonto, tonto, tonto fue ponerle el
foco a todo lo que no me gustaba de ella y comerme el cuento de que era
insoportable y que superaba todo lo bueno que ofrecía.
Era aún más tonto, tonto, tonto no
comprender que yo estaba (y estoy) lejos de ser perfecto. Que yo también traía
lo mío a la relación y que la única diferencia entre ella y yo es que ella no
estaba convencida de que mis peculiaridades eran suficientes para acabar con
todo.
Tenía más confianza en la relación y
en el potencial de ésta y tenía la certeza de que se podía mejorar. Estaba
segura de que los ratos buenos, las afinidades y el lado favorable de ambos,
alcanzaba para mejorar y solidificar el noviazgo.
Lo más tonto, tonto, tonto fue no
entender de lo que va el amor: de aceptar.
Yo no les estoy diciendo ahora que
carguen una cruz y soporten todo. Cada quien tiene sus no negociables. Por
ejemplo, no creo que yo pudiera estar con una fumadora, por decir algo sencillo
pero importante para mí.
Cada quien tiene esos límites más o
menos claros y evidentemente el amor no va de soportar ni aguantar lo que no
quieres para ti. Nada de tolerar maltratos, abusos o manipulaciones.
Yo intento decirles que cuando tienes
a alguien, con defectos, pero cuyo balance entre eso que no te gusta y lo que
sí te agrada se inclina notoriamente hacia aquello que sí quieres, pues debes
intentar amar más y mirar con más frecuencia en la dirección de aquello que si
valoras.
En el camino, puedes intentar mejorar
lo incómodo, claro. Va a depender mucho más del otro que de ti. Sin embargo, se
debe partir de la base del “te acepto” así como vienes, porque no solo eres ese
pedazo que me cuesta tragar, sino un sinfín de cualidades con las que amo convivir.
Hay algo todavía más poderoso.
Valorar a quien te ama, a quien quiere todo contigo y quien sí ha sido capaz de
poner la mira en lo que le gusta de ti.
Esa tarde, yo no me sentía tonto,
tonto, tonto. Solo quería huir de ese conflicto que yo apreciaba permanente. De
una situación que en mi mente no tenía salida. Fue solo con el paso de los años
que comprendí lo que era comportarse como un tonto, tonto, tonto.
Repetí la fórmula muchas veces:
empecinarme con lo negativo, mirar todo el día en esa dirección y dejar que
todo eso me envenenara. Es por ello que fui desechando buenas mujeres (con
defectos, claro), que luego se sentían disminuidas al no entender qué era lo
tan malo que tenían para que yo quisiera huir en la dirección contraria.
Obviamente no todos los casos son
iguales. Con alguna que otra, aun siendo buenas mujeres, las diferencias se
metían en mis límites y allí sí que no hay manera. Al menos eso sigo pensando
hoy.
Esta historia tiene una suerte de
final feliz y una moraleja (para los despistados que aún no la han visto). Ella
consiguió la manera de pasar la página y darse cuenta que aún me quería en su
vida, aunque fuera en el formato de amigos. Nos llevábamos tan bien, que
aquello fluyó como la seda y hemos tenido una linda amistad desde entonces. La
he visto casarse, tener hijos y ha sido maravilloso poder contar con ella por
tantos años.
La moraleja es: Amen. Amemos. Con “A”
mayúscula. Amen como los ama su perro. Amen como aman a sus hijos. Es lo más
cerca que tenemos para apreciar una muestra del amor incondicional. No
traicionen su esencia ni sus límites, sin embargo, no se queden viendo ni
agrandando justo la parte que no les gusta.
Aprendan a distinguir cuando tienen a
alguien por quien vale la pena estar. Aprecien cuando ustedes sean amados y
noten especialmente cuando ustedes no son tan criticados. No es que de repente
se han convertido en la perfección hecha carne, lo que está pasando es que los
están AMANDO.
Gustavo León
#LaFelicidadEsPortátil
@YoSoyGusiTrainer